lunes, 14 de diciembre de 2015

Los hombres duros no bailan

Tenía un amigo cuando era muy jovencilla que era muy, muy tímido. Y muy inseguro también. Pero se recicló. Como yo. De manera que iba por la vida como si fuera el más duro del lugar, con aires de castigador. Era muy guapo así que las dos cosas le casaban a la perfección y hacía las delicias entre el sexo femenino.

En parte porque era el novio de una de mis mejores amigas, en parte porque los que somos de la misma condición, tuve una relación de amistad con él que no recuerdo con casi ningún otro hombre. Los dos sabíamos y nos reconocíamos los miedos y angustias en el otro, a pesar de que hacíamos lo imposible para que no se nos notara, de manera que siempre acabábamos riéndonos de nosotros mismos de pura complicidad.

Una de sus frases favoritas era "los hombres duros no bailan"; en realidad se trataba de una vergüenza que rayaba la enfermedad así que se había creado la imagen de que no bailaba porque eso era de blandos. A mí también me ha pasado siempre lo mismo, así que para bailar tengo que haber ingerido una cantidad importante de alguna substancia de inhiba mi corteza superior. Ahora que estoy en esto de Tinder me doy cuenta de que el rollo de "hombre duro" sigue imperando entre el sexo masculino, hasta llevarte a situaciones bastante grotescas.



Si todos sabemos a qué vamos los que estamos en esta red social, no me queda muy claro cuál es la finalidad de tenerte 3 o 4 días esperando para darte una respuesta por whatssapp, o marcar territorio de castigador como si fuéramos adolescentes. Conocer a un hombre que te gusta y empezar una odisea de encuentros no me parece ni medio normal: personajes que aparecen y desaparecen como si fueran David Copperfield, conversaciones absurdas para alimentar ese ego masculino que a veces parece insaciable, y mucha necesidad de mantener distancias como si las mujeres nos fuéramos a enamorar a la primera palabra bonita.

He topado con el prototipo de "hombre duro que no baila" hace ahora un poco más de una semana y, francamente, resulta agotador y divertidísimo a partes iguales. Empezó la cosa flojilla pero a medida que han ido pasando los días se ha vuelto intrigante. El primer día que hablé con él solo hubo un par de frases, bastante insulsas, donde ya se apuntaba maneras sobre el tipo de persona que era: algo arrogante pero divertido, con clase para entrar a hacer bromas y encantado de conocerse. El segundo día hubo un vuelco importantísimo: empezamos a hablar y descubrimos que nos hacíamos mucha gracia, lo cual fue recíproco. Al final de ese día hubo algo parecido a una declaración de que nos habíamos soprendido mucho de encontrarnos y de lo bien que nos habíamos sentido.

En tres días no hubo más que un mensaje pueril que me hizo sentir como si lo anterior hubiera sido un espejismo. Al final del cuarto, un nuevo mensaje, este más directo, me hizo que le respondiera con un ímpetu que no había demostrado hasta entonces, que nos llevó a un "calentamiento global" que fue "in crescendo" hasta que por la noche, para desesperación de los dos, no pudimos acabar viéndonos. Otros tres días de sequía para un nuevo mensaje dándome una indicación de dónde iba a estar y a qué hora, como si una fuera una esclava sexual que no tiene otra cosa que hacer más que esperar a que la llamen un domingo por la tarde para verse con un desconocido. Mi respuesta fue, otra vez, algo impetuosa, a lo que se quedó cortado, se defendío y (volvió a funcionar) después de ver que no iba a haber más respuesta, se despidió con un "buenas noches" medio indignado.



En realidad no es más que una máscara para no mostrar la vulnerabilidad, un deseo irreprimible de querer aparentar indiferencia ante los posibles rechazos de los demás. Seguramente, este hombre duro tampoco baila. Una pena, la verdad


martes, 1 de diciembre de 2015

La vida de soltera es maravillosa

Tantos años padeciendo por no perder lo que tenía y ojalá lo hubiera perdido antes para empezar antes a vivir. Esto de no saber qué nos deparará el mañana que asoma es muchísimo más divertido y excitante de lo que nunca hubiera imaginado. No tener claro qué pasará, ni determinar de antemano que tipo de día tengo por delante es una declaración de principios en toda regla. ¿Dónde ha quedado aquel miedo a lo desconocido? ¿Qué pasó con mi terror a equivocarme si probaba cosas nuevas? ¿qué ha sido de la necesidad de control enfermida? Todo se ha ido al garete y con ello mi angustia, mi tristeza, mis inseguridades y mi inseguridad.



Estoy aprendiendo a marchas forzadas que el riesgo es divertido, maravilloso, te hace mantenerte en tensión pero también vivo y en forma. Malgastaba tanta energía en pelearme contra mí misma por cómo quería que fueran las cosas que acababa agotada sólo con el primer pensamiento que tenía por la mañana. Desde que empecé mi nueva experiencia por la vida esto ha cambiado de manera radical. Ya no fuerzo las cosas ni me obligo a lo que no quiero hacer. Ahora todo es sencillo, tanto lo que me gusta como lo que no, porque todo está condicionado a mi manera de vivirlo. Y lo vivo con plenitud.

Me está ayudando muchísimo esto del ligoteo, tengo que decirlo. Me estoy dando cuenta que quedarme al otro lado del cristal esperando que las cosas pasen no tiene ningún sentido, así que tomo las riendas de la situación proponiendo, sin miedo a probar qué reacciones tendrán los otros. Y me está funcionando francamente bien, la verdad. Sorprendentemente bien. Todas las personas tenemos miedo a que no nos quieran y buscamos cariño sea del tipo que sea, así que cuando te muestras vulnerable y desmontas las barreras los demás te tienden la mano con una naturalidad tremenda. Estoy tan contenta que me siento como si todos los días fueran de fiesta, me emociono con cualquier cosa y lo vivo todo con una intensidad que parezco una niña.


¡Qué maravilla la vida, y yo me la estaba perdiendo!


martes, 17 de noviembre de 2015

Ligar por internet

Cuando me acababa de separar, mi compañera me recomendó que me buscara la vida por internet, pero no estaba muy convencida. Después de preguntar a mis amigas solteras y que mi tranquilizan un poco sobre el tipo de personas que puedes encontrar en este servicio,  el sábado me abrí una cuenta en Tinder. En un momento me encontré con varios hombres a quien había gustado y el sentimiento era mutuo. Claro está que era sábado y que la gente lanza la caña con una facilidad tremenda, pero me gustó la idea de poder tontear a distancia con gente que no conocía de nada.

El lunes apareció otro tipo de personaje: una sola foto, enigmática pero atractiva, con un texto sobre gustos y aficiones que no me cuadraba mucho (decía que le gustaba mucho escribir y en cambio la primera frase estaba encabezada por un "bueno") pero con un aspecto muy atractivo, con barba cuidada y gafas de sol. A muy poco de haber coincidido me empezó a hablar. Me gustó su manera de entrar en la conversación, diferente a las otras que me habían iniciado: "Qué tal el lunes?" en un momento ya me hablaba de lo que le gustaba y lo que no sin dar excesivas pistas. Le dejé un poco a medias y volví después a la carga, casi a la hora de ir a dormir, plateándole un encuentro para tomar un café o una cerveza. En seguida dijo que sí. Ahí quedó la cosa.

A la mañana siguiente, a las 7,15h ya me estaba dando los buenos días. Me gustó todavía un poco más que el día anterior. Iniciar una conversación de chat de este tipo a las 7,15h significa que ha pensado en mí de buena mañana  y que no le importa que lo sepa. Me hice la dura. A las 10,15h, vuelta a la carga. Esta vez ya hablaba abiertamente del posible encuentro para vernos. Le propuse el miércoles y no acabamos de encontrar la hora adecuada, así que volví a dejarle con la palabra en la boca. A la hora de comer me preguntaba de nuevo si había o no encuentro. Tengo que decir que cada vez que sonaba el aviso de recibir un chat mi corazón daba un vuelco como si fuera una quinceañera. El muchacho era listo incluso en la negociación de los tiempos: en cuanto dejaba de pensar un poco en él (si esto era posible), volvía a la carga para que lo tuviera presente durante la siguiente hora.



Al final, después de dar vueltas, me planteó la pregunta que ambos teníamos en la cabeza, planeando en forma de interrogación: ¿quería ir a su casa a tomarme la cerveza? Todo fue rapidísimo, esta vez no hubo descanso. Le dije que iba deprisa, me preguntó si yo también, y por un momento me planteé despeinarme del todo y vivir el momento por completo. Después reculé un poco. Le dije que primero quería ver qué había detrás de las gafas de sol (no se lo dije pero también quería olerlo, y tocarlo, y escucharle la voz). Le dije que las fotografías eran engañosas y que primero tenía que haber encuentro. Se sonrió. Ahí quedó la cosa.

A las 19h iba a comprar al supermercado y sonó el aviso de chat. Una sola pregunta "¿Qué haces?". Me corté de decirle que estaba pensando en él, pero me hubiera encantado atreverme, porque era la pura verdad. Toda la tarde como una colegiala sin parar de sonreir imaginando y pensando en posibles situaciones. Le dije que estaba acabando algo del trabajo y que le hablaba más tarde. A las 22h, después de haber cenado y tenerlo todo a punto le chateé yo. Me contestó con un escueto "nada". Vaya. Menudo chasco. Yo que estaba casi por envolverme y regalarme por navidades con un lazo. En cinco minutos volvía a contestar para decirme que no querría saber lo que le iba a decir y acabó con "hasta mañana". Y desapareció. Así, sin más. No quiero ni imaginar mi cara. No quiero pensar qué le llevó a hacer lo que hizo: o no era el de la foto, o no le gusté lo suficiente, o no le gustó mi propuesta de "primero nos vemos y luego ya veremos". La cuestión es que me quedé como si fuera un funambulista y me hubieran quitado la cuerda por la que andaba con cierta inseguridad. Y no tenía ni red.

Vendrán otros, por supuesto. Y ya tengo algo de experiencia sobre cómo manejar estas situaciones porque no me sirve de nada hacerme la remilgada si los dos estamos de acuerdo. Pero me llevo la sensación de que esta forma de establecer contacto, tan rápida y efectiva me va a suponer más de una alegría.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Experimentando

¡Ay, madre! Si es que la vida es un laboratorio donde se experimenta y yo llevo años sin practicar.

No sé ni por dónde empezar porque se me agolpan los sentimientos, los aprendizajes, las experiencias... El
miércoles tuve la cita. No fue una cita "al uso", como ya comentaba ese día, pero sí había cierto tonteo que acompañaba al encuentro. Finalmente nos vimos, con la aparición esporádica de otro compañero que iba y venía. Al principio todo daba vueltas alrededor del trabajo, no había manera de salir del espiral de crítica a algunas cosas y filosofía diversa sobre cómo podríamos mejorarlo todo. De ahí pasamos a cambiar la sociedad, desde la politica hasta el futbol.

Cuando ya casi estaba a punto de tirar la toalla, con la tercera cerveza (sí, si, la tercera cerveza, que todavía me da vueltas todo) empezó a aflojar la corbata (no real, sino imaginaria) y nos fuímos por otros derroteros. Como siempre pasa, el alcohol ayuda a desinhibir, pero si te pasas con la dosis, al día siguiente puede ser todo muy confuso y, lo que es peor, muy incómodo. No recuerdo al 100% lo que hablamos ni cómo se fue resolviendo la cosa pero sobre las 22h ya teníamos un grupo de whats app creado para salir el sábado. Creo que me insinué un par de veces (no creo, lo sé) y todavía ahora me ruborizo incluso por dentro cuando lo recuerdo.

El jueves fue un día de reproches, de dolor de cabeza y de flash-back relacionados con el día anterior donde me iba regañando constantemente por lo que dije e hice. Pero como decía, la vida es un laboratorio maravilloso y he aprendido algo muy importante: el mismo miércoles, de regreso a casa, empecé a pedir auxilio a mis dos ángeles de la guarda para que me aconsejaran. Las dos me dijeron lo mismo, que no me agobiara, que no había hecho nada malo, pero que no mezclara la velocidad con el tocino y que tengo todo el derecho a pasarlo bien pero fuera del ámbito laboral. El miércoles, con los remordimientos que tenía sin haber hecho absolutamente nada, ya tenía claro que mis dos amigas tenían toda la razón, porque si llego a hacer algo el jueves no puedo ir a trabajar y tengo que pedir la baja por incomodidad.


Por la noche, salí a quemar calorías con una de ellas, la más tolerante, y me dijo algo que bajó mi listón de autoexigencia: no puedo estar siempre prentendiendo no despeinarme. La vida nos despeina y no pasa nada. Otra cosa es que el sitio no sea el adecuado pero no he hecho nada malo ni tengo que pedir explicaciones a nadie. Esta mañana he venido algo cohibida a trabajar (ayer no nos vimos) pero cuando le he visto he recordado lo de me tengo que permitir despeinarme, le he mirado a los ojos y he sentido que no pasa nada, que la vida es bonita y fluye algo mágico en mi interior que no quiero que se me escape. Me ha dado algo de congoja cuando ha venido a decirme que nos pasamos un poco el miércoles pero le he notado cercano, tan avergonzado como yo, y al pasarme la mano por el hombro he sentido que todo estaba bien.

Tengo unas ganas tremendas de agradecerle a la vida mis amistades, esas que no me dejan sola bajo ningún concepto y que me dan consejos llenos de amor. Tengo ganas de agradecerle a la vida la oportunidad que me ha dado de reaprender (o desaprender) para que todo sea nuevo, brillante y diferente. Solo si nos dejamos tocar por dentro por las experiencias podremos seguir sintiendo que estamos vivos.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Tengo una cita

Pues sí, sin que sea nada del otro mundo y sin que casi me haya dado cuenta, resulta que un compañero de trabajo me ha ofrecido ir a tomar algo con él cuando salgamos. Sin ser una cita "al uso", es lo más parecido que he tenido en mucho tiempo.

El muchacho en cuestión es relativamente nuevo: llego justo después de mi tragedia personal y enseguida me pareció un tío muy normal (lo que no es poco en la empresa donde trabajo). Tenemos un humor bastante parecido, se le ve bastante culto y escribe bien. Me he enterado de que tiene alguna que otra afición divertida y un par de veces, en el trasiego del pasillo, le he descubierto mirándome el escote de reojo (lo cual sube mucho la autoestima, francamente). Yo intento darle conversación en las zonas comunes y aunque es algo tímido tiene una mirada pícara que me gusta, creo que puede ser un buen partido.



Hace cosa de un mes me invitó a una cerveza pero fue algo a tres, con otro compañero, y no sé hasta qué punto obligado por la situación. La semana pasada, retomando ese encuentro, me sugirió que podríamos repetir otro día al salir. Le dije que sin problema pero la cosa no fue a más. El lunes me volvió a insistir y ayer repitió (medio en broma, porque dice que esta vez invito yo) y yo le miro medio divertida, medio incómoda afirmando que, por supuesto, que hemos quedado y eso es sagrado.

Esta mañana me he puesto monísima solo pensando en el encuentro de la tarde. Y estoy encantada de tener un nuevo aliciente cuando salga de trabajar. Igual la cosa no va más allá pero me da "vidilla" y lo doy por bueno. A lo mejor resulta que detrás de ese aire algo despistado y sus tímidos modales se esconde un amante maravilloso. Me hace más ilusión esto que muchos de los últimos encuentros con mi marido (sí, todavía es mi marido, estamos en ello) así que lo único que puedo perder es la ropa interior.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Tardes de domingo

Nunca me han gustado los domingos, ni por la mañana, ni por la tarde, ni por la noche. Les pasa lo contrario que a los viernes, porque a pesar de ser festivo no tiene la alegría del fin de semana sino el sabor agridulce de que se acerca el lunes.

Si ya antes no me gustaban, ahora les he declarado la guerra. Por la mañana aún son soportables, sobre todo si hace sol, pero solo hasta que se hace de noche. Ahora que estamos en otoño y a las 17h me voy quedando sin luz mientras miro la televisión, a medida que todo va oscureciendo a mi alrededor me voy oscureciendo yo también por dentro, con una pena y una rabia tremendas por no poder disfrutar de este día tan mediocre.

Para evitarlo, ayer por la tarde me vestí y me fuí a la calle a pasear. No sé si fue mejor o peor. Descubrí que hay todo un público de domingo tarde que desconocía: por la Gran Vía circulaban sin parar cientos de mujeres (ya bastante entradas en años) que se habían puesto sus mejores galas para salir a bailar y conocer al príncipe que la vida les había negado hasta ahora. Embutidas en vestidos demasiado estrechos y demasiado cortos, con demasiado carmín en los labios para no parecer disfrazadas, con demasiado perfume, como queriendo esconder el propio olor, iban y venían con sus móviles en las manos, comportándose como quinceañeras que agotan los últimos estertores del fin de semana que se va. Claro, esto en otro momento no me hubiera afectado, pero ayer me hizo entristecer pensando en si yo también acabaré con un vestido demasiado corto y demasiado estrecho persiguiendo un poco de felicidad personificada en un hombre.

Me aterroriza volverme una desesperada por conseguir amor (o compañía) pero también me aterroriza pensar en formar parte de un grupo de gente que sale sólo para echar un polvo cuando la mayor parte del tiempo no me soporto ni a mí misma.  Así que igual tiene razón mi compañero y cumplo el perfil de divorciada: acabaré siendo la vieja loca de los gatos, acabaré amargada de la existencia devorada por mis propios mininos y estaré tan sola que nadie se dará cuenta de que me he muerto hasta al cabo de muchos meses.


En cualquier caso, no quiero más domingos tristes sintiéndome una desgraciada que no tiene con quién compartir su manta y su infusión mientras anochece. Igual a partir de ahora decido que el fin de semana se acaba el sábado y ya lo empalmo con el lunes. Es una opción.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Nueva perspectiva

Me he dado cuenta que he me miro diferente. Primero y principal, me miro con más cariño que hace dos o tres meses, eso por supuesto. Pero hay otro elemento que aún es más significativo: he dejado de mirarme con los ojos de otro.

¡Tachán! Me parece maravilloso, la verdad. Desde hace muchos años, cuando me miraba al espejo, cuando hacía algo que me producía dudas, cuando se me planteaba un problema.... siempre tenía una especie de mecanismo mental que me llevaba a preguntarme algo así como "¿Qué pensaría él de esto (de un vestido nuevo, de una decisión difícil que tomar, de cualquier cosa)" ¿Fuerte, verdad? No me había dado cuenta de que lo hacía, pero esa automático.

 ¡Pues a la mierda el proceso mental automático y los que no lo son! Se acabó tener un tutor permanente que decide por mí lo que está bien y lo que está mal (como si esa decisión fuera posible) y menos cuando el tutor que yo elegí no sabía ni atarse los cordones de los zapatos sin mi ayuda ¿Por qué me importaba entonces su opinión si en realidad no sabía hacer nada sin mí?

Un montón de tiempo, energía y pensamientos perdidos, en definitiva.

Pero ¡se acabó!


viernes, 16 de octubre de 2015

Premonición

Como siempre, los cristales quedaron completamente empañados por el contraste entre el trajín interior y el frío exterior. Ella fumaba con parsimonia, como las protagonistas de las películas americanas después de echar un polvo. Hacía una tarde noche fría pero tranquila: ni una nube en el cielo que empezaba a oscurecer.

La cinta de cassette que sonaba en aquel viejísimo Ford Fiesta era un recopilatorio de Bob Marley; con toda su languidez iba invadiendo el reducido espacio del coche mientras él había salido un momento a tomar el aire. Intuía su silueta, más que verla claramente, y el estómago volvió a sufrir un pellizco de felicidad. Desde que se conocieron hacía un par de años, tuvo claro de que iba a ser el hombre de su vida. Llevaban algo menos de un año juntos pero todavía sentía numerosas las famosas mariposas cuando lo miraba, cuando le decía "te quiero", cuando sonreían juntos.... Era maravilloso. Apagó el cigarrillo en el cenicero ya bastante repleto de colillas e hizo un movimiento con la cabeza como para quitarse un mal pensamiento que le rondaba. Y es que ella estaba completamente enamorada, hubiera dicho o hecho cualquier cosa que le hubiera pedido, pero había una sombra de duda en tanta felicidad: no tenía la sensación de que la relación fuera equilibrada, siempre creía que ella daba más de lo que recibía. Él parecía tan seguro, tan autosuficiente... y ella creía que dejaría de respirar si un día desaparecía de su vida.

Terminó "One love" en la cinta y la rasgada voz de Bob Marley, el viejo y dulce Marley, arañó el silencio con "Redemption Song". La puerta del coche se abrió y entró para sentarse a su lado, en el asiento del copiloto. Le puso la mano helada en el cuello para demostrarle el frío que hacía fuera. Con la arrastrada canción notó que empezaba a invadirle una tristeza absoluta, como si todas las penas del mundo se hubieran congregado en aquel reducido espacio para aplastarla contra el suelo. Una angustia vital empezó a apoderarse de su alma y las lágrimas rodaron silenciosamente mejillas abajo.

- ¿Qué te pasa ahora?¿A qué viene este llanto?- le pasó la mano por la mejilla para secar las lágrimas.

Ni siquiera el gesto de cariño fue capaz de consolarla. Algo muy profundo se había abierto en el fondo de su corazón, como un bote de aromas que estaba cerrado herméticamente y que de pronto desplegaba toda su fragancia. Lloraba con tanto desconsuelo que empezó a pensar que no podría parar nunca. A su llanto se unió el desconcierto de él, que la miraba con el interrogante puesto en la mirada, intentando descubrir qué había pasado un instante antes que pudiera haber provocado aquel cambio de humor

- ¿Es algo que he dicho? ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

Sola, completamente sola con su pena, se armó de valor para contestarle qué pasaba exactamente por su cabeza, aunque se moría de la vergüenza de contarlo, sobre todo porque no había ningún motivo para pensar lo que estaba pensando.

- Lloro porque no quiero que te vayas.
- ¿Y quién te  ha dicho que voy a irme?
- Yo
- Claro, como tú siempre lo sabes todo....
- Idiota
- Venga, no seas boba, no me voy a ir, estoy muy bien contigo.
- Yo sé que te irás, no hoy ni mañana, ni este año ni el otro, pero un día te irás y yo me quedaré sola. Y no quiero que te vayas.

Se dió cuenta de que aquel era el mayor acto de amor que podía hacer: tan altiva y dura como era siempre, acababa de mostrar toda su vulnerabilidad precisamente a la persona que más daño podía hacerle. Acababa de ponerle el corazón en las manos, pero quizá él no fue consciente de ello. Quizá por eso, la miró sonriendo, medio orgulloso medio divertido, y la besó con cierta condescendencial. Ella se fue serenando y la canción se acabó. A lo lejos, la ciudad oscurecía definitivamente. Desde ese momento supo que nunca olvidaría aquella tarde ni aquella canción.



jueves, 15 de octubre de 2015

Hemos reído juntos y ya nada era igual

Hoy ha pasado algo extraño: en uno de nuestros encuentros interminables para solucionar problemas económicos y papeles varios le he pedido que me haga un favor. Como la semana pasada tuve una noche movidita y perdí las gafas en un tugurio le he preguntado si se puede quedar un rato los niños. Ha levantado la vista de donde estaba mirando y se ha echado media carcajada... era la primera vez en dos meses que reíamos juntos por la misma cosa. Me ha dado algo de vergüenza porque parecía que me las estaba dando de "fiestera" divertida que va de irresistible, cuando en el fondo no es así. Ha habido un momento de chispa, como si hubiéramos recuperado un segundo la conexión, hasta el punto que se ha ofrecido para ir él a buscarlas. Me he dado cuenta de que nunca podré volver a querer como quería a esta persona, en el sentido más profundo de la palabra, aunque vuelva a tener buena relación con él y todo se vaya calmando con el paso del tiempo.

Se me quedó atrás hace años y yo no hacía más que darme la vuelta para ver si me seguía, hasta que acabé con torticolis. Se perdió por el camino de la vida y seguramente yo tampoco tuve interés en darle la mano. Me parece un extraño, un tipo que no sé qué ha hecho tanto tiempo a mi lado si no sabe casi nada de la persona que soy ahora.

El abogado me dice que me va a ir todo muy bien, que no me preocupe (no lo dice sólo él, pero quizá es el que me ha llamado más la atención porque me conoce desde hace 1 mes) y yo me siento por dentro como si pesara menos, como si las cosas fueran menos difíciles, como si todo fluyera más fácilmente desde que no lo tengo conmigo. Quizá es porque ahora solo tengo que pensar por mí, no tengo que jugar dos partidas, sólo una. He recuperado la ilusión por hacer cientos de cosas (incluso ir al supermercado) solo por pensar que no tengo que volver a casa a ver un ente gris sentado en el ordenador jugando a Candy Crash (¡Qué pereza!). Me he dado cuenta de que llevaba muchísimos años llevando todo el peso de todo, y me ha hecho pensar en lo que siempre me recuerda mi psicóloga: las personas fuertes muestran su fortaleza mostrándose vulnerables. Me encantaría encontrar a alguien, no necesariamente una pareja, que me dejara descansar, apoyar mi cabeza en su hombro y me dijera "no te preocupes, yo me encargo".

miércoles, 7 de octubre de 2015

Como un explorador

Nunca hubiera imaginado que esto iba a ser así, francamente. A la sorpresa que me supuso que mi marido me dijera que ya no quería seguir compartiendo su vida conmigo, ahora se ha unido la sorpresa de que lo llevo casi divinamente.

Mi psicóloga dice que estas cosas las da la vida, que uno piensa que determinadas noticias sólo se pueden mirar por el lado negativo y cuando estás metido en ello resulta que te das cuenta que es lo mejor que podía pasarte. Me sorprende mucho la de gente que me felicita en lugar de compadecerse de mi nueva situación, parece como si todo el mundo (menos yo) fuera consciente de que tener a este hombre en mi vida no era bueno para mí. También me sorprende que no me haya dado cuenta hasta ahora del tipo de persona que es mi marido después de tantos años de vivir juntos. Mi psicóloga (otra vez) dice que eso es porque le he estado haciendo de madre todo este tiempo y una madre lo perdona todo. Pero ahora, como expareja, no perdono nada porque se me ha agudizado el olfato (y la vista, y el gusto, y el oído, añado yo).

Como cuando me miro por dentro no me dan ganas de llorar como una desesperada (como sí me pasaba cuando estábamos juntos) así que he dejado de compadecerme y me le liado la manta a la cabeza. Cada día estoy más contenta, cada día me arreglo más y cada día me gusto más. Y cuando salgo a la calle mantengo idilios con hombres que no conozco de nada que duran un trayecto de metro, una mirada en el pasillo de la oficina o un rato de parque en un banco con los niños.

Una de mis mejores amigas, Laura, el sábado me sacó de fiesta. Pero antes de "sacarme" a desempolvar la cola me regaló una canción preciosa. Como sabe que Joaquín Sabina no es santo de mi devoción, me hizo la presentación con cierto recelo, con cariño, para que la mirara desde el principio con buenos ojos. Pero enseguida pudo bajar la guarda porque caí rendida a sus pies con las primeras notas. Un bolero delicioso que habla de alguien a quien han abandonado y se pone el mundo por montera. Lo pongo aquí debajo para quien no lo conozca. No puedo dejar de escucharlo. Me parece escrito por y para mí.




jueves, 1 de octubre de 2015

Ni se muere la abuela ni cenamos

Mi abuela, que era muy sabia aunque no supiera leer, siempre utilizaba la frase de "ni se muere la abuela ni cenamos" cuando una situación no acaba de arrancar ni hacia un lado ni hacia otro. Siempre me ha parecido de lo más gráfica porque es una pena que la abuela se esté muriendo pero si tarda mucho en morirse, la familia que espera el fatal desenlace también se muere, pero de asco.

A mi pobre marido le cuesta mucho arrancar. Cuando arranca, es un torbellino (puede llegar a huracán, por lo destructivo) pero se puede tirar la vida para decidirse y los que estamos a su alrededor no podemos permitirnos esa parsimonia. Encima, la falta de práctica a la hora de tomar decisiones lo lleva a tomarlas de manera equivocada (otra vez el huracán) lo que todavía le provoca más pánico en la siguiente ocasión. Como decía ayer, mi marido no ha sido nunca capaz ni de decidir qué hacer para cenar sin consultarlo, así que ahora la decisión le ahoga como un lago helado. A su lado, la reina blanca acucia porque no tiene nada que perder y porque sin juego también se aburre. Se está empezando a dar cuenta que se ha equivocado, que se dejó hechizar por la frenética actividad de un hombre que no estaba en su estado natural (la inactividad, el vegetar por la vida) sino movido por ese cosquilleo interno que provocan las hormonas chocando como protones unos contra otros. En cuanto el cosquilleo se calma por satisfacción del deseo, todos pasamos de ser leones que rugen y empezamos a ronronear como gatos de cocina. Y ahí está ella, viendo como se desinfla por momentos su precioso proyecto hippy y como él empieza otra vez a echar tripilla después de haber eliminado la ansiedad que le impedía tragar alimento alguno desde hacía semanas.

Cuando a esto se le una la rutina diaria y las pocas ganas de tomar decisiones ya verán qué pronto lo vemos todo diferente y cada oveja vuelve a su corral (excepto él, claro, que se ha quedado sin corral, se quedará sin establo y sin abrevadero).

¿Qué cuál era la propuesta? La propuesta era "yo no quiero aceptar que tengo responsabilidades, esta vida es un asco". Me recuerda a Obélix con su "no respiro". Que se lo cuente al banco que no quiere aceptar responsabilidades y verá qué risa todo. De todos modos, yo creo que alguien además de yo le ha contado que no es capricho mío que tenga que asumir ciertas obligaciones porque si no no entiendo su actitud de ayer. A ver, igual me sorprende por primera vez en la vida...


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Que dice que tiene una propuesta

Él, que por no proponer, no proponía ni el menú para la cena. Pues sí, cuando dos duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición. Y ella otra cosa no, pero propositora es mucho. Pues bienvenida sea, así sabremos con qué podemos contar y con qué no, que ya va siendo hora de poner hilo a la incertidumbre.

Los cambios de actitud en las personas crean cierto desasosiego en las que somos controladoras de nacimiento como yo. Porque para mí todo es como una partida de ajedrez, en el que, sin yo ser consciente, voy anticipando dos o tres jugadas del adversario para acabar amenazando al rey, que siempre necesita a la dama para tomar decisiones. Y esto de que de pronto mi rey se haya movido, aunque sólo sea para acojonar o porque su reina le ha dado empujón, me descoloca. Aunque también soy consciente que el movimiento habitual del rey no es el de anticipar jugadas, no es su elemento como es el mío, así que le tengo cierta ventaja en este menester. El rey se mueve despacio, con miedo, asustadizo hasta en la parsimonia, mientras la reina de desliza con naturalidad por el tablero varias casillas a la vez. Claro que a veces, llevada por la soberbia y la seguridad en lo que hace, se encuentra con que la amenaza hasta el más pequeño de los peones, con insolencia, como sólo sabe hacerlo aquel que se encuentra cara a cara por primera vez con el poder en las manos.

Debo moverme con seguridad pero también con cautela, porque uno no puede precipitarse ante las jugadas decisivas de las partidas más importantes de la vida. Todo se puede ir al garete por un golpe de orgullo malentendido cuando lo que cuenta es el pulso, la calma y el actuar con astucia.

Siempre he sido la dama negra, a ver qué me tiene que ofrecer la reina del otro lado del tablero, porque entiendo desde hace días que en esta partida no cuenta el rey ni ha contado nunca.



viernes, 25 de septiembre de 2015

En el fondo la protagonista soy yo

Me da un poco de risa y mucha vergüenza pero cada vez lo tengo más claro: el lerdo de mi marido no pinta nada en esta historia, él ha sido desde el principio un personaje secundario. Porque en realidad, a quien quiere destruir mi querida "enemiga" es a mí. Porque le corroe la envidia por no poder ser como soy yo, porque está convencida de que no me llega ni a la suela del zapato, porque sabe que su mediocridad queda más a la vista cuando se compara conmigo.

Pues lo tiene fatal... porque podrá quitarme el marido, podrá copiar mis aficiones, mis gustos, mi manera de vestir. Pero no va a ser nunca yo, que es lo que en realidad está buscando desde el primer día que me vió y vino a presentarse con su sonrisa de "jocker". Porque le va a perseguir mi imagen allá donde vaya, aunque intente quitarse el recuerdo a bofetadas. Porque la clase, la honestidad y los principios son características con las que se nace y nos repartieron de manera poco equitativa por decirlo elegántemente.

En fin, querida, que no somos nada pero tú menos que yo. Y que haya un amargado de la vida por ahí que te haya preferido no me quita valor a mí, aunque tú te lo creas y él se pavonee de ser un cuarentón apetecible. En el fondo, las dos (los tres) sabemos que el tiempo nos va a poner a todos en el lugar que nos corresponde y sólo espero que el infierno tenga terraza.


domingo, 13 de septiembre de 2015

Los vecinos de las broncas

Justo enfrente de mi casa teníamos unos vecinos que siempre he pensado que eran "exhibicionistas de las broncas". En invierno pasaban desapercibidos, pero con la llegada del buen tiempo y la apertura de puertas y ventanas empezaba el show de las peleas diario. Vivían en un bajo con una terraza casi tan grande como el resto de la casa, y este espacio abierto se convertía en escenario casi diario de los improperios que se lanzaban el uno al otro. Para más "inri", se gritaban como animales pero ponían una cortina colgada de las vigas como si quisieran preservar su intimidad y las burradas que se soltaban no fueran a ir más allá de los visillos.



Nunca he sido curiosa, de hecho la vida de los demás siempre me ha importado un comino. Creo que las personas que se preocupan por lo que pasa en las otras casas con interés malsano (sin intención de ayudarlos en caso de problemas) son mezquinos y cobardes, porque prefieren buscar la porquería en casa ajena antes que analizar qué pasa en la propia. Mi marido siempre ha sido de ver qué hay más allá de la puerta de entrada, como no, porque nunca ha tenido los arrestos necesarios para hacer una radiografía emocional de su interior: mucho mejor entrenenerse en buscar lo que hace el prójimo en vez que mirar qué no funciona dentro de ti. De todos modos, estos vecinos no daban opción a la indiferencia, porque los gritos, insultos y numeritos eran tantos y tan floreados que era imposible no hacer caso a lo que pasaba en aquella casa.



Este año, en primavera, empezamos a asistir a la apertura de ventanas de la terraza indiscreta. Quizá porque teníamos bastante con lo nuestro, quizá porque realmente no hubo nada especialmente destacable, ha sido una temporada tranquilísima y no recuerdo casi ningún incidente ni entre la pareja ni con los hijos. Nos fuimos de vacaciones una semana y no dimos más importancia a los habitantes hasta que volvimos. Cuando ya llevábamos unos días de nuevo en la rutina y más destrozados que nunca por los acontecimientos de nuestra propia autoaniquilación, nos dimos cuenta de pronto que los vecinos ya no eran los de siempre, que la  preciosa mesa de teca de la terraza había desaparecido para dejar paso a una simple mesilla de plástico y que no había ni gritos, ni insultos, ni reproches.

No he tenido oportunidad de comentarlo con mi marido (ni creo que ya haya oportunidad dadas las circunstancias) pero parece una alegoría de la vida: ellos ya no están y nosotros tampoco. Ellos gritaban sin parar y quizá todavía están juntos en cualquier otra parte. Nosotros nunca nos alzamos la voz y cada uno tiene un futuro delante suyo que no sabe a dónde le lleva. Cuando lo pienso, me da en la nariz que es una lección de vida, que nos demuestra que lo mejor que podemos hacer es cuidar nuestra propia casa en vez de buscar la tristeza en la de enfrente.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Si se nos rompió el amor


Si se nos rompió el amor tendré que aprender a rellenar los espacios vacíos.
Si se nos rompió el amor no me queda más remedio que mirar adelante echando un ojo a lo que estoy dejando detrás de mí.
Si se nos rompió el amor me acostumbraré a no compartir con nadie aquellas cosas que sólo eran tuyas y mías.
Si se nos rompió el amor dejaré de idear nuevos viajes idílicos que después eran anodinos al volverse verdad.
Si se nos rompió el amor pondré los pies en el suelo para notar la hierba que estoy pisando.
Si se nos rompió el amor me apedazaré con cuidado por dentro para volver a sentir con otra persona lo que sentí contigo.
Si se nos rompió el amor agotaré hasta el último recuerdo de lo que podría haber sido y no fue porque lo que era nunca estaba a la altura.
Si se nos rompió el amor será porque el destino me tiene deparado algo mejor que lo que creía tener contigo.
Si se nos rompió el amor te recordaré en secreto cada vez que suene nuestra canción.
Si se nos rompió el amor aprenderé a ser yo sin ser nosotros.
Si se nos rompió el amor será que se nos hubiera partido por la mitad antes o después.
Si se nos rompió el amor me toca llorar y verte en todas partes aunque ya no estés en ninguna.
Si se nos rompió el amor lo mejor será no lamentarse ni olvidar.







Si se nos rompió el amor que tengamos suerte (o al menos, que la tenga yo)


jueves, 10 de septiembre de 2015

Inicios de una despechada

Se nos rompió el amor. Y eso que no lo usábamos demasiado, tampoco. No porque yo no insistiera, pero él no parecía ponerle empeño. Hasta que se cansó de que insistiera y se fue a insistir para usarlo con otra. Y aquí me he quedado con el empeño, el amor roto y la falta de uso. Con un palmo de narices.

No tengo ganas de hacerme la digna. Ya he sido digna demasiado tiempo. Tengo ganas de revolcarme en mi propia rabia, de llorar por los rincones como la Zarzamora y de gritarle al mundo que estoy hasta la entrepierna de que me hayan tomado el pelo. Y el tiempo. El tiempo que llevo intentando sacar fuerzas de donde no me quedan para salvar algo que estaba roto sin yo saberlo. Fuerzas que yo no veía por la otra parte pero que creía que con las mías me sobraba y bastaba igual que con el nivel de compromiso. Por eso arrastré tanta culpa hasta que me he dado cuenta que no estaba en mis manos. Y ya ni siquiera oigo la machacona vocecilla que hasta hace poco me acompañaba día y noche mortificándome las entretelas por no hacer las cosas como había que hacerlas.



He llorado mucho. Y me queda mucho más por llorar. Pero no tanto como yo pensaba. Porque me he liberado de algo profundo, de un dolor y una pena que me acompañaban día y noche. Ahora solo tengo tristeza y recuerdos, pero no me duele lo que me dolía. Me duele el ego, me duele el orgullo y la dignidad, pero no me duele el alma que ya no me quiera. Porque en el fondo sé que me ha hecho un favor. Porque el hombre que conocí hace tiempo ya no está conmigo y no tiene sentido seguir buscando porque ya no existe. Ni para mí ni para nadie. No sé dónde se quedó ni en qué momento del camino tomó otra dirección pero sí he visto que ya no está. Y eso en parte me consuela porque sólo tengo que hacer el duelo de un fantasma, no de alguien que se acaba de ir de mi lado.

Sí, se nos rompió el amor, pero a él menos. O se le rompió igual pero ya tiene hechos los costurones, como los osos de trapo remendados. Yo en cambio tengo ahora mismo la herida en carne viva (no paro de recordar canciones desgarradoras, ¡qué afición tengo!) y pretendo pasarlo un poco menos mal, contando aquí lo que me pasa. Veremos qué tal sale la cosa.