Cuando me acababa de separar, mi compañera me recomendó que me buscara la vida por internet, pero no estaba muy convencida. Después de preguntar a mis amigas solteras y que mi tranquilizan un poco sobre el tipo de personas que puedes encontrar en este servicio, el sábado me abrí una cuenta en Tinder. En un momento me encontré con varios hombres a quien había gustado y el sentimiento era mutuo. Claro está que era sábado y que la gente lanza la caña con una facilidad tremenda, pero me gustó la idea de poder tontear a distancia con gente que no conocía de nada.
El lunes apareció otro tipo de personaje: una sola foto, enigmática pero atractiva, con un texto sobre gustos y aficiones que no me cuadraba mucho (decía que le gustaba mucho escribir y en cambio la primera frase estaba encabezada por un "bueno") pero con un aspecto muy atractivo, con barba cuidada y gafas de sol. A muy poco de haber coincidido me empezó a hablar. Me gustó su manera de entrar en la conversación, diferente a las otras que me habían iniciado: "Qué tal el lunes?" en un momento ya me hablaba de lo que le gustaba y lo que no sin dar excesivas pistas. Le dejé un poco a medias y volví después a la carga, casi a la hora de ir a dormir, plateándole un encuentro para tomar un café o una cerveza. En seguida dijo que sí. Ahí quedó la cosa.
A la mañana siguiente, a las 7,15h ya me estaba dando los buenos días. Me gustó todavía un poco más que el día anterior. Iniciar una conversación de chat de este tipo a las 7,15h significa que ha pensado en mí de buena mañana y que no le importa que lo sepa. Me hice la dura. A las 10,15h, vuelta a la carga. Esta vez ya hablaba abiertamente del posible encuentro para vernos. Le propuse el miércoles y no acabamos de encontrar la hora adecuada, así que volví a dejarle con la palabra en la boca. A la hora de comer me preguntaba de nuevo si había o no encuentro. Tengo que decir que cada vez que sonaba el aviso de recibir un chat mi corazón daba un vuelco como si fuera una quinceañera. El muchacho era listo incluso en la negociación de los tiempos: en cuanto dejaba de pensar un poco en él (si esto era posible), volvía a la carga para que lo tuviera presente durante la siguiente hora.
Al final, después de dar vueltas, me planteó la pregunta que ambos teníamos en la cabeza, planeando en forma de interrogación: ¿quería ir a su casa a tomarme la cerveza? Todo fue rapidísimo, esta vez no hubo descanso. Le dije que iba deprisa, me preguntó si yo también, y por un momento me planteé despeinarme del todo y vivir el momento por completo. Después reculé un poco. Le dije que primero quería ver qué había detrás de las gafas de sol (no se lo dije pero también quería olerlo, y tocarlo, y escucharle la voz). Le dije que las fotografías eran engañosas y que primero tenía que haber encuentro. Se sonrió. Ahí quedó la cosa.
A las 19h iba a comprar al supermercado y sonó el aviso de chat. Una sola pregunta "¿Qué haces?". Me corté de decirle que estaba pensando en él, pero me hubiera encantado atreverme, porque era la pura verdad. Toda la tarde como una colegiala sin parar de sonreir imaginando y pensando en posibles situaciones. Le dije que estaba acabando algo del trabajo y que le hablaba más tarde. A las 22h, después de haber cenado y tenerlo todo a punto le chateé yo. Me contestó con un escueto "nada". Vaya. Menudo chasco. Yo que estaba casi por envolverme y regalarme por navidades con un lazo. En cinco minutos volvía a contestar para decirme que no querría saber lo que le iba a decir y acabó con "hasta mañana". Y desapareció. Así, sin más. No quiero ni imaginar mi cara. No quiero pensar qué le llevó a hacer lo que hizo: o no era el de la foto, o no le gusté lo suficiente, o no le gustó mi propuesta de "primero nos vemos y luego ya veremos". La cuestión es que me quedé como si fuera un funambulista y me hubieran quitado la cuerda por la que andaba con cierta inseguridad. Y no tenía ni red.
Vendrán otros, por supuesto. Y ya tengo algo de experiencia sobre cómo manejar estas situaciones porque no me sirve de nada hacerme la remilgada si los dos estamos de acuerdo. Pero me llevo la sensación de que esta forma de establecer contacto, tan rápida y efectiva me va a suponer más de una alegría.
martes, 17 de noviembre de 2015
viernes, 13 de noviembre de 2015
Experimentando
¡Ay, madre! Si es que la vida es un laboratorio donde se experimenta y yo llevo años sin practicar.
No sé ni por dónde empezar porque se me agolpan los sentimientos, los aprendizajes, las experiencias... El
miércoles tuve la cita. No fue una cita "al uso", como ya comentaba ese día, pero sí había cierto tonteo que acompañaba al encuentro. Finalmente nos vimos, con la aparición esporádica de otro compañero que iba y venía. Al principio todo daba vueltas alrededor del trabajo, no había manera de salir del espiral de crítica a algunas cosas y filosofía diversa sobre cómo podríamos mejorarlo todo. De ahí pasamos a cambiar la sociedad, desde la politica hasta el futbol.
Cuando ya casi estaba a punto de tirar la toalla, con la tercera cerveza (sí, si, la tercera cerveza, que todavía me da vueltas todo) empezó a aflojar la corbata (no real, sino imaginaria) y nos fuímos por otros derroteros. Como siempre pasa, el alcohol ayuda a desinhibir, pero si te pasas con la dosis, al día siguiente puede ser todo muy confuso y, lo que es peor, muy incómodo. No recuerdo al 100% lo que hablamos ni cómo se fue resolviendo la cosa pero sobre las 22h ya teníamos un grupo de whats app creado para salir el sábado. Creo que me insinué un par de veces (no creo, lo sé) y todavía ahora me ruborizo incluso por dentro cuando lo recuerdo.
El jueves fue un día de reproches, de dolor de cabeza y de flash-back relacionados con el día anterior donde me iba regañando constantemente por lo que dije e hice. Pero como decía, la vida es un laboratorio maravilloso y he aprendido algo muy importante: el mismo miércoles, de regreso a casa, empecé a pedir auxilio a mis dos ángeles de la guarda para que me aconsejaran. Las dos me dijeron lo mismo, que no me agobiara, que no había hecho nada malo, pero que no mezclara la velocidad con el tocino y que tengo todo el derecho a pasarlo bien pero fuera del ámbito laboral. El miércoles, con los remordimientos que tenía sin haber hecho absolutamente nada, ya tenía claro que mis dos amigas tenían toda la razón, porque si llego a hacer algo el jueves no puedo ir a trabajar y tengo que pedir la baja por incomodidad.
Por la noche, salí a quemar calorías con una de ellas, la más tolerante, y me dijo algo que bajó mi listón de autoexigencia: no puedo estar siempre prentendiendo no despeinarme. La vida nos despeina y no pasa nada. Otra cosa es que el sitio no sea el adecuado pero no he hecho nada malo ni tengo que pedir explicaciones a nadie. Esta mañana he venido algo cohibida a trabajar (ayer no nos vimos) pero cuando le he visto he recordado lo de me tengo que permitir despeinarme, le he mirado a los ojos y he sentido que no pasa nada, que la vida es bonita y fluye algo mágico en mi interior que no quiero que se me escape. Me ha dado algo de congoja cuando ha venido a decirme que nos pasamos un poco el miércoles pero le he notado cercano, tan avergonzado como yo, y al pasarme la mano por el hombro he sentido que todo estaba bien.
Tengo unas ganas tremendas de agradecerle a la vida mis amistades, esas que no me dejan sola bajo ningún concepto y que me dan consejos llenos de amor. Tengo ganas de agradecerle a la vida la oportunidad que me ha dado de reaprender (o desaprender) para que todo sea nuevo, brillante y diferente. Solo si nos dejamos tocar por dentro por las experiencias podremos seguir sintiendo que estamos vivos.
No sé ni por dónde empezar porque se me agolpan los sentimientos, los aprendizajes, las experiencias... El
miércoles tuve la cita. No fue una cita "al uso", como ya comentaba ese día, pero sí había cierto tonteo que acompañaba al encuentro. Finalmente nos vimos, con la aparición esporádica de otro compañero que iba y venía. Al principio todo daba vueltas alrededor del trabajo, no había manera de salir del espiral de crítica a algunas cosas y filosofía diversa sobre cómo podríamos mejorarlo todo. De ahí pasamos a cambiar la sociedad, desde la politica hasta el futbol.
Cuando ya casi estaba a punto de tirar la toalla, con la tercera cerveza (sí, si, la tercera cerveza, que todavía me da vueltas todo) empezó a aflojar la corbata (no real, sino imaginaria) y nos fuímos por otros derroteros. Como siempre pasa, el alcohol ayuda a desinhibir, pero si te pasas con la dosis, al día siguiente puede ser todo muy confuso y, lo que es peor, muy incómodo. No recuerdo al 100% lo que hablamos ni cómo se fue resolviendo la cosa pero sobre las 22h ya teníamos un grupo de whats app creado para salir el sábado. Creo que me insinué un par de veces (no creo, lo sé) y todavía ahora me ruborizo incluso por dentro cuando lo recuerdo.El jueves fue un día de reproches, de dolor de cabeza y de flash-back relacionados con el día anterior donde me iba regañando constantemente por lo que dije e hice. Pero como decía, la vida es un laboratorio maravilloso y he aprendido algo muy importante: el mismo miércoles, de regreso a casa, empecé a pedir auxilio a mis dos ángeles de la guarda para que me aconsejaran. Las dos me dijeron lo mismo, que no me agobiara, que no había hecho nada malo, pero que no mezclara la velocidad con el tocino y que tengo todo el derecho a pasarlo bien pero fuera del ámbito laboral. El miércoles, con los remordimientos que tenía sin haber hecho absolutamente nada, ya tenía claro que mis dos amigas tenían toda la razón, porque si llego a hacer algo el jueves no puedo ir a trabajar y tengo que pedir la baja por incomodidad.
Por la noche, salí a quemar calorías con una de ellas, la más tolerante, y me dijo algo que bajó mi listón de autoexigencia: no puedo estar siempre prentendiendo no despeinarme. La vida nos despeina y no pasa nada. Otra cosa es que el sitio no sea el adecuado pero no he hecho nada malo ni tengo que pedir explicaciones a nadie. Esta mañana he venido algo cohibida a trabajar (ayer no nos vimos) pero cuando le he visto he recordado lo de me tengo que permitir despeinarme, le he mirado a los ojos y he sentido que no pasa nada, que la vida es bonita y fluye algo mágico en mi interior que no quiero que se me escape. Me ha dado algo de congoja cuando ha venido a decirme que nos pasamos un poco el miércoles pero le he notado cercano, tan avergonzado como yo, y al pasarme la mano por el hombro he sentido que todo estaba bien.
Tengo unas ganas tremendas de agradecerle a la vida mis amistades, esas que no me dejan sola bajo ningún concepto y que me dan consejos llenos de amor. Tengo ganas de agradecerle a la vida la oportunidad que me ha dado de reaprender (o desaprender) para que todo sea nuevo, brillante y diferente. Solo si nos dejamos tocar por dentro por las experiencias podremos seguir sintiendo que estamos vivos.
miércoles, 11 de noviembre de 2015
Tengo una cita
Pues sí, sin que sea nada del otro mundo y sin que casi me haya dado cuenta, resulta que un compañero de trabajo me ha ofrecido ir a tomar algo con él cuando salgamos. Sin ser una cita "al uso", es lo más parecido que he tenido en mucho tiempo.
El muchacho en cuestión es relativamente nuevo: llego justo después de mi tragedia personal y enseguida me pareció un tío muy normal (lo que no es poco en la empresa donde trabajo). Tenemos un humor bastante parecido, se le ve bastante culto y escribe bien. Me he enterado de que tiene alguna que otra afición divertida y un par de veces, en el trasiego del pasillo, le he descubierto mirándome el escote de reojo (lo cual sube mucho la autoestima, francamente). Yo intento darle conversación en las zonas comunes y aunque es algo tímido tiene una mirada pícara que me gusta, creo que puede ser un buen partido.
Hace cosa de un mes me invitó a una cerveza pero fue algo a tres, con otro compañero, y no sé hasta qué punto obligado por la situación. La semana pasada, retomando ese encuentro, me sugirió que podríamos repetir otro día al salir. Le dije que sin problema pero la cosa no fue a más. El lunes me volvió a insistir y ayer repitió (medio en broma, porque dice que esta vez invito yo) y yo le miro medio divertida, medio incómoda afirmando que, por supuesto, que hemos quedado y eso es sagrado.
Esta mañana me he puesto monísima solo pensando en el encuentro de la tarde. Y estoy encantada de tener un nuevo aliciente cuando salga de trabajar. Igual la cosa no va más allá pero me da "vidilla" y lo doy por bueno. A lo mejor resulta que detrás de ese aire algo despistado y sus tímidos modales se esconde un amante maravilloso. Me hace más ilusión esto que muchos de los últimos encuentros con mi marido (sí, todavía es mi marido, estamos en ello) así que lo único que puedo perder es la ropa interior.
El muchacho en cuestión es relativamente nuevo: llego justo después de mi tragedia personal y enseguida me pareció un tío muy normal (lo que no es poco en la empresa donde trabajo). Tenemos un humor bastante parecido, se le ve bastante culto y escribe bien. Me he enterado de que tiene alguna que otra afición divertida y un par de veces, en el trasiego del pasillo, le he descubierto mirándome el escote de reojo (lo cual sube mucho la autoestima, francamente). Yo intento darle conversación en las zonas comunes y aunque es algo tímido tiene una mirada pícara que me gusta, creo que puede ser un buen partido.
Hace cosa de un mes me invitó a una cerveza pero fue algo a tres, con otro compañero, y no sé hasta qué punto obligado por la situación. La semana pasada, retomando ese encuentro, me sugirió que podríamos repetir otro día al salir. Le dije que sin problema pero la cosa no fue a más. El lunes me volvió a insistir y ayer repitió (medio en broma, porque dice que esta vez invito yo) y yo le miro medio divertida, medio incómoda afirmando que, por supuesto, que hemos quedado y eso es sagrado.
Esta mañana me he puesto monísima solo pensando en el encuentro de la tarde. Y estoy encantada de tener un nuevo aliciente cuando salga de trabajar. Igual la cosa no va más allá pero me da "vidilla" y lo doy por bueno. A lo mejor resulta que detrás de ese aire algo despistado y sus tímidos modales se esconde un amante maravilloso. Me hace más ilusión esto que muchos de los últimos encuentros con mi marido (sí, todavía es mi marido, estamos en ello) así que lo único que puedo perder es la ropa interior.
lunes, 2 de noviembre de 2015
Tardes de domingo
Nunca me han gustado los domingos, ni por la mañana, ni por la tarde, ni por la noche. Les pasa lo contrario que a los viernes, porque a pesar de ser festivo no tiene la alegría del fin de semana sino el sabor agridulce de que se acerca el lunes.
Si ya antes no me gustaban, ahora les he declarado la guerra. Por la mañana aún son soportables, sobre todo si hace sol, pero solo hasta que se hace de noche. Ahora que estamos en otoño y a las 17h me voy quedando sin luz mientras miro la televisión, a medida que todo va oscureciendo a mi alrededor me voy oscureciendo yo también por dentro, con una pena y una rabia tremendas por no poder disfrutar de este día tan mediocre.
Para evitarlo, ayer por la tarde me vestí y me fuí a la calle a pasear. No sé si fue mejor o peor. Descubrí que hay todo un público de domingo tarde que desconocía: por la Gran Vía circulaban sin parar cientos de mujeres (ya bastante entradas en años) que se habían puesto sus mejores galas para salir a bailar y conocer al príncipe que la vida les había negado hasta ahora. Embutidas en vestidos demasiado estrechos y demasiado cortos, con demasiado carmín en los labios para no parecer disfrazadas, con demasiado perfume, como queriendo esconder el propio olor, iban y venían con sus móviles en las manos, comportándose como quinceañeras que agotan los últimos estertores del fin de semana que se va. Claro, esto en otro momento no me hubiera afectado, pero ayer me hizo entristecer pensando en si yo también acabaré con un vestido demasiado corto y demasiado estrecho persiguiendo un poco de felicidad personificada en un hombre.
Me aterroriza volverme una desesperada por conseguir amor (o compañía) pero también me aterroriza pensar en formar parte de un grupo de gente que sale sólo para echar un polvo cuando la mayor parte del tiempo no me soporto ni a mí misma. Así que igual tiene razón mi compañero y cumplo el perfil de divorciada: acabaré siendo la vieja loca de los gatos, acabaré amargada de la existencia devorada por mis propios mininos y estaré tan sola que nadie se dará cuenta de que me he muerto hasta al cabo de muchos meses.
En cualquier caso, no quiero más domingos tristes sintiéndome una desgraciada que no tiene con quién compartir su manta y su infusión mientras anochece. Igual a partir de ahora decido que el fin de semana se acaba el sábado y ya lo empalmo con el lunes. Es una opción.
Si ya antes no me gustaban, ahora les he declarado la guerra. Por la mañana aún son soportables, sobre todo si hace sol, pero solo hasta que se hace de noche. Ahora que estamos en otoño y a las 17h me voy quedando sin luz mientras miro la televisión, a medida que todo va oscureciendo a mi alrededor me voy oscureciendo yo también por dentro, con una pena y una rabia tremendas por no poder disfrutar de este día tan mediocre.
Para evitarlo, ayer por la tarde me vestí y me fuí a la calle a pasear. No sé si fue mejor o peor. Descubrí que hay todo un público de domingo tarde que desconocía: por la Gran Vía circulaban sin parar cientos de mujeres (ya bastante entradas en años) que se habían puesto sus mejores galas para salir a bailar y conocer al príncipe que la vida les había negado hasta ahora. Embutidas en vestidos demasiado estrechos y demasiado cortos, con demasiado carmín en los labios para no parecer disfrazadas, con demasiado perfume, como queriendo esconder el propio olor, iban y venían con sus móviles en las manos, comportándose como quinceañeras que agotan los últimos estertores del fin de semana que se va. Claro, esto en otro momento no me hubiera afectado, pero ayer me hizo entristecer pensando en si yo también acabaré con un vestido demasiado corto y demasiado estrecho persiguiendo un poco de felicidad personificada en un hombre.
Me aterroriza volverme una desesperada por conseguir amor (o compañía) pero también me aterroriza pensar en formar parte de un grupo de gente que sale sólo para echar un polvo cuando la mayor parte del tiempo no me soporto ni a mí misma. Así que igual tiene razón mi compañero y cumplo el perfil de divorciada: acabaré siendo la vieja loca de los gatos, acabaré amargada de la existencia devorada por mis propios mininos y estaré tan sola que nadie se dará cuenta de que me he muerto hasta al cabo de muchos meses.
En cualquier caso, no quiero más domingos tristes sintiéndome una desgraciada que no tiene con quién compartir su manta y su infusión mientras anochece. Igual a partir de ahora decido que el fin de semana se acaba el sábado y ya lo empalmo con el lunes. Es una opción.
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