miércoles, 30 de septiembre de 2015

Que dice que tiene una propuesta

Él, que por no proponer, no proponía ni el menú para la cena. Pues sí, cuando dos duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición. Y ella otra cosa no, pero propositora es mucho. Pues bienvenida sea, así sabremos con qué podemos contar y con qué no, que ya va siendo hora de poner hilo a la incertidumbre.

Los cambios de actitud en las personas crean cierto desasosiego en las que somos controladoras de nacimiento como yo. Porque para mí todo es como una partida de ajedrez, en el que, sin yo ser consciente, voy anticipando dos o tres jugadas del adversario para acabar amenazando al rey, que siempre necesita a la dama para tomar decisiones. Y esto de que de pronto mi rey se haya movido, aunque sólo sea para acojonar o porque su reina le ha dado empujón, me descoloca. Aunque también soy consciente que el movimiento habitual del rey no es el de anticipar jugadas, no es su elemento como es el mío, así que le tengo cierta ventaja en este menester. El rey se mueve despacio, con miedo, asustadizo hasta en la parsimonia, mientras la reina de desliza con naturalidad por el tablero varias casillas a la vez. Claro que a veces, llevada por la soberbia y la seguridad en lo que hace, se encuentra con que la amenaza hasta el más pequeño de los peones, con insolencia, como sólo sabe hacerlo aquel que se encuentra cara a cara por primera vez con el poder en las manos.

Debo moverme con seguridad pero también con cautela, porque uno no puede precipitarse ante las jugadas decisivas de las partidas más importantes de la vida. Todo se puede ir al garete por un golpe de orgullo malentendido cuando lo que cuenta es el pulso, la calma y el actuar con astucia.

Siempre he sido la dama negra, a ver qué me tiene que ofrecer la reina del otro lado del tablero, porque entiendo desde hace días que en esta partida no cuenta el rey ni ha contado nunca.



viernes, 25 de septiembre de 2015

En el fondo la protagonista soy yo

Me da un poco de risa y mucha vergüenza pero cada vez lo tengo más claro: el lerdo de mi marido no pinta nada en esta historia, él ha sido desde el principio un personaje secundario. Porque en realidad, a quien quiere destruir mi querida "enemiga" es a mí. Porque le corroe la envidia por no poder ser como soy yo, porque está convencida de que no me llega ni a la suela del zapato, porque sabe que su mediocridad queda más a la vista cuando se compara conmigo.

Pues lo tiene fatal... porque podrá quitarme el marido, podrá copiar mis aficiones, mis gustos, mi manera de vestir. Pero no va a ser nunca yo, que es lo que en realidad está buscando desde el primer día que me vió y vino a presentarse con su sonrisa de "jocker". Porque le va a perseguir mi imagen allá donde vaya, aunque intente quitarse el recuerdo a bofetadas. Porque la clase, la honestidad y los principios son características con las que se nace y nos repartieron de manera poco equitativa por decirlo elegántemente.

En fin, querida, que no somos nada pero tú menos que yo. Y que haya un amargado de la vida por ahí que te haya preferido no me quita valor a mí, aunque tú te lo creas y él se pavonee de ser un cuarentón apetecible. En el fondo, las dos (los tres) sabemos que el tiempo nos va a poner a todos en el lugar que nos corresponde y sólo espero que el infierno tenga terraza.


domingo, 13 de septiembre de 2015

Los vecinos de las broncas

Justo enfrente de mi casa teníamos unos vecinos que siempre he pensado que eran "exhibicionistas de las broncas". En invierno pasaban desapercibidos, pero con la llegada del buen tiempo y la apertura de puertas y ventanas empezaba el show de las peleas diario. Vivían en un bajo con una terraza casi tan grande como el resto de la casa, y este espacio abierto se convertía en escenario casi diario de los improperios que se lanzaban el uno al otro. Para más "inri", se gritaban como animales pero ponían una cortina colgada de las vigas como si quisieran preservar su intimidad y las burradas que se soltaban no fueran a ir más allá de los visillos.



Nunca he sido curiosa, de hecho la vida de los demás siempre me ha importado un comino. Creo que las personas que se preocupan por lo que pasa en las otras casas con interés malsano (sin intención de ayudarlos en caso de problemas) son mezquinos y cobardes, porque prefieren buscar la porquería en casa ajena antes que analizar qué pasa en la propia. Mi marido siempre ha sido de ver qué hay más allá de la puerta de entrada, como no, porque nunca ha tenido los arrestos necesarios para hacer una radiografía emocional de su interior: mucho mejor entrenenerse en buscar lo que hace el prójimo en vez que mirar qué no funciona dentro de ti. De todos modos, estos vecinos no daban opción a la indiferencia, porque los gritos, insultos y numeritos eran tantos y tan floreados que era imposible no hacer caso a lo que pasaba en aquella casa.



Este año, en primavera, empezamos a asistir a la apertura de ventanas de la terraza indiscreta. Quizá porque teníamos bastante con lo nuestro, quizá porque realmente no hubo nada especialmente destacable, ha sido una temporada tranquilísima y no recuerdo casi ningún incidente ni entre la pareja ni con los hijos. Nos fuimos de vacaciones una semana y no dimos más importancia a los habitantes hasta que volvimos. Cuando ya llevábamos unos días de nuevo en la rutina y más destrozados que nunca por los acontecimientos de nuestra propia autoaniquilación, nos dimos cuenta de pronto que los vecinos ya no eran los de siempre, que la  preciosa mesa de teca de la terraza había desaparecido para dejar paso a una simple mesilla de plástico y que no había ni gritos, ni insultos, ni reproches.

No he tenido oportunidad de comentarlo con mi marido (ni creo que ya haya oportunidad dadas las circunstancias) pero parece una alegoría de la vida: ellos ya no están y nosotros tampoco. Ellos gritaban sin parar y quizá todavía están juntos en cualquier otra parte. Nosotros nunca nos alzamos la voz y cada uno tiene un futuro delante suyo que no sabe a dónde le lleva. Cuando lo pienso, me da en la nariz que es una lección de vida, que nos demuestra que lo mejor que podemos hacer es cuidar nuestra propia casa en vez de buscar la tristeza en la de enfrente.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Si se nos rompió el amor


Si se nos rompió el amor tendré que aprender a rellenar los espacios vacíos.
Si se nos rompió el amor no me queda más remedio que mirar adelante echando un ojo a lo que estoy dejando detrás de mí.
Si se nos rompió el amor me acostumbraré a no compartir con nadie aquellas cosas que sólo eran tuyas y mías.
Si se nos rompió el amor dejaré de idear nuevos viajes idílicos que después eran anodinos al volverse verdad.
Si se nos rompió el amor pondré los pies en el suelo para notar la hierba que estoy pisando.
Si se nos rompió el amor me apedazaré con cuidado por dentro para volver a sentir con otra persona lo que sentí contigo.
Si se nos rompió el amor agotaré hasta el último recuerdo de lo que podría haber sido y no fue porque lo que era nunca estaba a la altura.
Si se nos rompió el amor será porque el destino me tiene deparado algo mejor que lo que creía tener contigo.
Si se nos rompió el amor te recordaré en secreto cada vez que suene nuestra canción.
Si se nos rompió el amor aprenderé a ser yo sin ser nosotros.
Si se nos rompió el amor será que se nos hubiera partido por la mitad antes o después.
Si se nos rompió el amor me toca llorar y verte en todas partes aunque ya no estés en ninguna.
Si se nos rompió el amor lo mejor será no lamentarse ni olvidar.







Si se nos rompió el amor que tengamos suerte (o al menos, que la tenga yo)


jueves, 10 de septiembre de 2015

Inicios de una despechada

Se nos rompió el amor. Y eso que no lo usábamos demasiado, tampoco. No porque yo no insistiera, pero él no parecía ponerle empeño. Hasta que se cansó de que insistiera y se fue a insistir para usarlo con otra. Y aquí me he quedado con el empeño, el amor roto y la falta de uso. Con un palmo de narices.

No tengo ganas de hacerme la digna. Ya he sido digna demasiado tiempo. Tengo ganas de revolcarme en mi propia rabia, de llorar por los rincones como la Zarzamora y de gritarle al mundo que estoy hasta la entrepierna de que me hayan tomado el pelo. Y el tiempo. El tiempo que llevo intentando sacar fuerzas de donde no me quedan para salvar algo que estaba roto sin yo saberlo. Fuerzas que yo no veía por la otra parte pero que creía que con las mías me sobraba y bastaba igual que con el nivel de compromiso. Por eso arrastré tanta culpa hasta que me he dado cuenta que no estaba en mis manos. Y ya ni siquiera oigo la machacona vocecilla que hasta hace poco me acompañaba día y noche mortificándome las entretelas por no hacer las cosas como había que hacerlas.



He llorado mucho. Y me queda mucho más por llorar. Pero no tanto como yo pensaba. Porque me he liberado de algo profundo, de un dolor y una pena que me acompañaban día y noche. Ahora solo tengo tristeza y recuerdos, pero no me duele lo que me dolía. Me duele el ego, me duele el orgullo y la dignidad, pero no me duele el alma que ya no me quiera. Porque en el fondo sé que me ha hecho un favor. Porque el hombre que conocí hace tiempo ya no está conmigo y no tiene sentido seguir buscando porque ya no existe. Ni para mí ni para nadie. No sé dónde se quedó ni en qué momento del camino tomó otra dirección pero sí he visto que ya no está. Y eso en parte me consuela porque sólo tengo que hacer el duelo de un fantasma, no de alguien que se acaba de ir de mi lado.

Sí, se nos rompió el amor, pero a él menos. O se le rompió igual pero ya tiene hechos los costurones, como los osos de trapo remendados. Yo en cambio tengo ahora mismo la herida en carne viva (no paro de recordar canciones desgarradoras, ¡qué afición tengo!) y pretendo pasarlo un poco menos mal, contando aquí lo que me pasa. Veremos qué tal sale la cosa.