domingo, 13 de septiembre de 2015

Los vecinos de las broncas

Justo enfrente de mi casa teníamos unos vecinos que siempre he pensado que eran "exhibicionistas de las broncas". En invierno pasaban desapercibidos, pero con la llegada del buen tiempo y la apertura de puertas y ventanas empezaba el show de las peleas diario. Vivían en un bajo con una terraza casi tan grande como el resto de la casa, y este espacio abierto se convertía en escenario casi diario de los improperios que se lanzaban el uno al otro. Para más "inri", se gritaban como animales pero ponían una cortina colgada de las vigas como si quisieran preservar su intimidad y las burradas que se soltaban no fueran a ir más allá de los visillos.



Nunca he sido curiosa, de hecho la vida de los demás siempre me ha importado un comino. Creo que las personas que se preocupan por lo que pasa en las otras casas con interés malsano (sin intención de ayudarlos en caso de problemas) son mezquinos y cobardes, porque prefieren buscar la porquería en casa ajena antes que analizar qué pasa en la propia. Mi marido siempre ha sido de ver qué hay más allá de la puerta de entrada, como no, porque nunca ha tenido los arrestos necesarios para hacer una radiografía emocional de su interior: mucho mejor entrenenerse en buscar lo que hace el prójimo en vez que mirar qué no funciona dentro de ti. De todos modos, estos vecinos no daban opción a la indiferencia, porque los gritos, insultos y numeritos eran tantos y tan floreados que era imposible no hacer caso a lo que pasaba en aquella casa.



Este año, en primavera, empezamos a asistir a la apertura de ventanas de la terraza indiscreta. Quizá porque teníamos bastante con lo nuestro, quizá porque realmente no hubo nada especialmente destacable, ha sido una temporada tranquilísima y no recuerdo casi ningún incidente ni entre la pareja ni con los hijos. Nos fuimos de vacaciones una semana y no dimos más importancia a los habitantes hasta que volvimos. Cuando ya llevábamos unos días de nuevo en la rutina y más destrozados que nunca por los acontecimientos de nuestra propia autoaniquilación, nos dimos cuenta de pronto que los vecinos ya no eran los de siempre, que la  preciosa mesa de teca de la terraza había desaparecido para dejar paso a una simple mesilla de plástico y que no había ni gritos, ni insultos, ni reproches.

No he tenido oportunidad de comentarlo con mi marido (ni creo que ya haya oportunidad dadas las circunstancias) pero parece una alegoría de la vida: ellos ya no están y nosotros tampoco. Ellos gritaban sin parar y quizá todavía están juntos en cualquier otra parte. Nosotros nunca nos alzamos la voz y cada uno tiene un futuro delante suyo que no sabe a dónde le lleva. Cuando lo pienso, me da en la nariz que es una lección de vida, que nos demuestra que lo mejor que podemos hacer es cuidar nuestra propia casa en vez de buscar la tristeza en la de enfrente.

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