Él, que por no proponer, no proponía ni el menú para la cena. Pues sí, cuando dos duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición. Y ella otra cosa no, pero propositora es mucho. Pues bienvenida sea, así sabremos con qué podemos contar y con qué no, que ya va siendo hora de poner hilo a la incertidumbre.
Los cambios de actitud en las personas crean cierto desasosiego en las que somos controladoras de nacimiento como yo. Porque para mí todo es como una partida de ajedrez, en el que, sin yo ser consciente, voy anticipando dos o tres jugadas del adversario para acabar amenazando al rey, que siempre necesita a la dama para tomar decisiones. Y esto de que de pronto mi rey se haya movido, aunque sólo sea para acojonar o porque su reina le ha dado empujón, me descoloca. Aunque también soy consciente que el movimiento habitual del rey no es el de anticipar jugadas, no es su elemento como es el mío, así que le tengo cierta ventaja en este menester. El rey se mueve despacio, con miedo, asustadizo hasta en la parsimonia, mientras la reina de desliza con naturalidad por el tablero varias casillas a la vez. Claro que a veces, llevada por la soberbia y la seguridad en lo que hace, se encuentra con que la amenaza hasta el más pequeño de los peones, con insolencia, como sólo sabe hacerlo aquel que se encuentra cara a cara por primera vez con el poder en las manos.
Debo moverme con seguridad pero también con cautela, porque uno no puede precipitarse ante las jugadas decisivas de las partidas más importantes de la vida. Todo se puede ir al garete por un golpe de orgullo malentendido cuando lo que cuenta es el pulso, la calma y el actuar con astucia.
Siempre he sido la dama negra, a ver qué me tiene que ofrecer la reina del otro lado del tablero, porque entiendo desde hace días que en esta partida no cuenta el rey ni ha contado nunca.
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