Tenía un amigo cuando era muy jovencilla que era muy, muy tímido. Y muy inseguro también. Pero se recicló. Como yo. De manera que iba por la vida como si fuera el más duro del lugar, con aires de castigador. Era muy guapo así que las dos cosas le casaban a la perfección y hacía las delicias entre el sexo femenino.
En parte porque era el novio de una de mis mejores amigas, en parte porque los que somos de la misma condición, tuve una relación de amistad con él que no recuerdo con casi ningún otro hombre. Los dos sabíamos y nos reconocíamos los miedos y angustias en el otro, a pesar de que hacíamos lo imposible para que no se nos notara, de manera que siempre acabábamos riéndonos de nosotros mismos de pura complicidad.
Una de sus frases favoritas era "los hombres duros no bailan"; en realidad se trataba de una vergüenza que rayaba la enfermedad así que se había creado la imagen de que no bailaba porque eso era de blandos. A mí también me ha pasado siempre lo mismo, así que para bailar tengo que haber ingerido una cantidad importante de alguna substancia de inhiba mi corteza superior. Ahora que estoy en esto de Tinder me doy cuenta de que el rollo de "hombre duro" sigue imperando entre el sexo masculino, hasta llevarte a situaciones bastante grotescas.
Si todos sabemos a qué vamos los que estamos en esta red social, no me queda muy claro cuál es la finalidad de tenerte 3 o 4 días esperando para darte una respuesta por whatssapp, o marcar territorio de castigador como si fuéramos adolescentes. Conocer a un hombre que te gusta y empezar una odisea de encuentros no me parece ni medio normal: personajes que aparecen y desaparecen como si fueran David Copperfield, conversaciones absurdas para alimentar ese ego masculino que a veces parece insaciable, y mucha necesidad de mantener distancias como si las mujeres nos fuéramos a enamorar a la primera palabra bonita.
He topado con el prototipo de "hombre duro que no baila" hace ahora un poco más de una semana y, francamente, resulta agotador y divertidísimo a partes iguales. Empezó la cosa flojilla pero a medida que han ido pasando los días se ha vuelto intrigante. El primer día que hablé con él solo hubo un par de frases, bastante insulsas, donde ya se apuntaba maneras sobre el tipo de persona que era: algo arrogante pero divertido, con clase para entrar a hacer bromas y encantado de conocerse. El segundo día hubo un vuelco importantísimo: empezamos a hablar y descubrimos que nos hacíamos mucha gracia, lo cual fue recíproco. Al final de ese día hubo algo parecido a una declaración de que nos habíamos soprendido mucho de encontrarnos y de lo bien que nos habíamos sentido.
En tres días no hubo más que un mensaje pueril que me hizo sentir como si lo anterior hubiera sido un espejismo. Al final del cuarto, un nuevo mensaje, este más directo, me hizo que le respondiera con un ímpetu que no había demostrado hasta entonces, que nos llevó a un "calentamiento global" que fue "in crescendo" hasta que por la noche, para desesperación de los dos, no pudimos acabar viéndonos. Otros tres días de sequía para un nuevo mensaje dándome una indicación de dónde iba a estar y a qué hora, como si una fuera una esclava sexual que no tiene otra cosa que hacer más que esperar a que la llamen un domingo por la tarde para verse con un desconocido. Mi respuesta fue, otra vez, algo impetuosa, a lo que se quedó cortado, se defendío y (volvió a funcionar) después de ver que no iba a haber más respuesta, se despidió con un "buenas noches" medio indignado.
En realidad no es más que una máscara para no mostrar la vulnerabilidad, un deseo irreprimible de querer aparentar indiferencia ante los posibles rechazos de los demás. Seguramente, este hombre duro tampoco baila. Una pena, la verdad


No hay comentarios:
Publicar un comentario