viernes, 13 de noviembre de 2015

Experimentando

¡Ay, madre! Si es que la vida es un laboratorio donde se experimenta y yo llevo años sin practicar.

No sé ni por dónde empezar porque se me agolpan los sentimientos, los aprendizajes, las experiencias... El
miércoles tuve la cita. No fue una cita "al uso", como ya comentaba ese día, pero sí había cierto tonteo que acompañaba al encuentro. Finalmente nos vimos, con la aparición esporádica de otro compañero que iba y venía. Al principio todo daba vueltas alrededor del trabajo, no había manera de salir del espiral de crítica a algunas cosas y filosofía diversa sobre cómo podríamos mejorarlo todo. De ahí pasamos a cambiar la sociedad, desde la politica hasta el futbol.

Cuando ya casi estaba a punto de tirar la toalla, con la tercera cerveza (sí, si, la tercera cerveza, que todavía me da vueltas todo) empezó a aflojar la corbata (no real, sino imaginaria) y nos fuímos por otros derroteros. Como siempre pasa, el alcohol ayuda a desinhibir, pero si te pasas con la dosis, al día siguiente puede ser todo muy confuso y, lo que es peor, muy incómodo. No recuerdo al 100% lo que hablamos ni cómo se fue resolviendo la cosa pero sobre las 22h ya teníamos un grupo de whats app creado para salir el sábado. Creo que me insinué un par de veces (no creo, lo sé) y todavía ahora me ruborizo incluso por dentro cuando lo recuerdo.

El jueves fue un día de reproches, de dolor de cabeza y de flash-back relacionados con el día anterior donde me iba regañando constantemente por lo que dije e hice. Pero como decía, la vida es un laboratorio maravilloso y he aprendido algo muy importante: el mismo miércoles, de regreso a casa, empecé a pedir auxilio a mis dos ángeles de la guarda para que me aconsejaran. Las dos me dijeron lo mismo, que no me agobiara, que no había hecho nada malo, pero que no mezclara la velocidad con el tocino y que tengo todo el derecho a pasarlo bien pero fuera del ámbito laboral. El miércoles, con los remordimientos que tenía sin haber hecho absolutamente nada, ya tenía claro que mis dos amigas tenían toda la razón, porque si llego a hacer algo el jueves no puedo ir a trabajar y tengo que pedir la baja por incomodidad.


Por la noche, salí a quemar calorías con una de ellas, la más tolerante, y me dijo algo que bajó mi listón de autoexigencia: no puedo estar siempre prentendiendo no despeinarme. La vida nos despeina y no pasa nada. Otra cosa es que el sitio no sea el adecuado pero no he hecho nada malo ni tengo que pedir explicaciones a nadie. Esta mañana he venido algo cohibida a trabajar (ayer no nos vimos) pero cuando le he visto he recordado lo de me tengo que permitir despeinarme, le he mirado a los ojos y he sentido que no pasa nada, que la vida es bonita y fluye algo mágico en mi interior que no quiero que se me escape. Me ha dado algo de congoja cuando ha venido a decirme que nos pasamos un poco el miércoles pero le he notado cercano, tan avergonzado como yo, y al pasarme la mano por el hombro he sentido que todo estaba bien.

Tengo unas ganas tremendas de agradecerle a la vida mis amistades, esas que no me dejan sola bajo ningún concepto y que me dan consejos llenos de amor. Tengo ganas de agradecerle a la vida la oportunidad que me ha dado de reaprender (o desaprender) para que todo sea nuevo, brillante y diferente. Solo si nos dejamos tocar por dentro por las experiencias podremos seguir sintiendo que estamos vivos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario