Nunca me han gustado los domingos, ni por la mañana, ni por la tarde, ni por la noche. Les pasa lo contrario que a los viernes, porque a pesar de ser festivo no tiene la alegría del fin de semana sino el sabor agridulce de que se acerca el lunes.
Si ya antes no me gustaban, ahora les he declarado la guerra. Por la mañana aún son soportables, sobre todo si hace sol, pero solo hasta que se hace de noche. Ahora que estamos en otoño y a las 17h me voy quedando sin luz mientras miro la televisión, a medida que todo va oscureciendo a mi alrededor me voy oscureciendo yo también por dentro, con una pena y una rabia tremendas por no poder disfrutar de este día tan mediocre.
Para evitarlo, ayer por la tarde me vestí y me fuí a la calle a pasear. No sé si fue mejor o peor. Descubrí que hay todo un público de domingo tarde que desconocía: por la Gran Vía circulaban sin parar cientos de mujeres (ya bastante entradas en años) que se habían puesto sus mejores galas para salir a bailar y conocer al príncipe que la vida les había negado hasta ahora. Embutidas en vestidos demasiado estrechos y demasiado cortos, con demasiado carmín en los labios para no parecer disfrazadas, con demasiado perfume, como queriendo esconder el propio olor, iban y venían con sus móviles en las manos, comportándose como quinceañeras que agotan los últimos estertores del fin de semana que se va. Claro, esto en otro momento no me hubiera afectado, pero ayer me hizo entristecer pensando en si yo también acabaré con un vestido demasiado corto y demasiado estrecho persiguiendo un poco de felicidad personificada en un hombre.
Me aterroriza volverme una desesperada por conseguir amor (o compañía) pero también me aterroriza pensar en formar parte de un grupo de gente que sale sólo para echar un polvo cuando la mayor parte del tiempo no me soporto ni a mí misma. Así que igual tiene razón mi compañero y cumplo el perfil de divorciada: acabaré siendo la vieja loca de los gatos, acabaré amargada de la existencia devorada por mis propios mininos y estaré tan sola que nadie se dará cuenta de que me he muerto hasta al cabo de muchos meses.
En cualquier caso, no quiero más domingos tristes sintiéndome una desgraciada que no tiene con quién compartir su manta y su infusión mientras anochece. Igual a partir de ahora decido que el fin de semana se acaba el sábado y ya lo empalmo con el lunes. Es una opción.

No hay comentarios:
Publicar un comentario