El muchacho en cuestión es relativamente nuevo: llego justo después de mi tragedia personal y enseguida me pareció un tío muy normal (lo que no es poco en la empresa donde trabajo). Tenemos un humor bastante parecido, se le ve bastante culto y escribe bien. Me he enterado de que tiene alguna que otra afición divertida y un par de veces, en el trasiego del pasillo, le he descubierto mirándome el escote de reojo (lo cual sube mucho la autoestima, francamente). Yo intento darle conversación en las zonas comunes y aunque es algo tímido tiene una mirada pícara que me gusta, creo que puede ser un buen partido.
Hace cosa de un mes me invitó a una cerveza pero fue algo a tres, con otro compañero, y no sé hasta qué punto obligado por la situación. La semana pasada, retomando ese encuentro, me sugirió que podríamos repetir otro día al salir. Le dije que sin problema pero la cosa no fue a más. El lunes me volvió a insistir y ayer repitió (medio en broma, porque dice que esta vez invito yo) y yo le miro medio divertida, medio incómoda afirmando que, por supuesto, que hemos quedado y eso es sagrado.
Esta mañana me he puesto monísima solo pensando en el encuentro de la tarde. Y estoy encantada de tener un nuevo aliciente cuando salga de trabajar. Igual la cosa no va más allá pero me da "vidilla" y lo doy por bueno. A lo mejor resulta que detrás de ese aire algo despistado y sus tímidos modales se esconde un amante maravilloso. Me hace más ilusión esto que muchos de los últimos encuentros con mi marido (sí, todavía es mi marido, estamos en ello) así que lo único que puedo perder es la ropa interior.

No hay comentarios:
Publicar un comentario