viernes, 16 de octubre de 2015

Premonición

Como siempre, los cristales quedaron completamente empañados por el contraste entre el trajín interior y el frío exterior. Ella fumaba con parsimonia, como las protagonistas de las películas americanas después de echar un polvo. Hacía una tarde noche fría pero tranquila: ni una nube en el cielo que empezaba a oscurecer.

La cinta de cassette que sonaba en aquel viejísimo Ford Fiesta era un recopilatorio de Bob Marley; con toda su languidez iba invadiendo el reducido espacio del coche mientras él había salido un momento a tomar el aire. Intuía su silueta, más que verla claramente, y el estómago volvió a sufrir un pellizco de felicidad. Desde que se conocieron hacía un par de años, tuvo claro de que iba a ser el hombre de su vida. Llevaban algo menos de un año juntos pero todavía sentía numerosas las famosas mariposas cuando lo miraba, cuando le decía "te quiero", cuando sonreían juntos.... Era maravilloso. Apagó el cigarrillo en el cenicero ya bastante repleto de colillas e hizo un movimiento con la cabeza como para quitarse un mal pensamiento que le rondaba. Y es que ella estaba completamente enamorada, hubiera dicho o hecho cualquier cosa que le hubiera pedido, pero había una sombra de duda en tanta felicidad: no tenía la sensación de que la relación fuera equilibrada, siempre creía que ella daba más de lo que recibía. Él parecía tan seguro, tan autosuficiente... y ella creía que dejaría de respirar si un día desaparecía de su vida.

Terminó "One love" en la cinta y la rasgada voz de Bob Marley, el viejo y dulce Marley, arañó el silencio con "Redemption Song". La puerta del coche se abrió y entró para sentarse a su lado, en el asiento del copiloto. Le puso la mano helada en el cuello para demostrarle el frío que hacía fuera. Con la arrastrada canción notó que empezaba a invadirle una tristeza absoluta, como si todas las penas del mundo se hubieran congregado en aquel reducido espacio para aplastarla contra el suelo. Una angustia vital empezó a apoderarse de su alma y las lágrimas rodaron silenciosamente mejillas abajo.

- ¿Qué te pasa ahora?¿A qué viene este llanto?- le pasó la mano por la mejilla para secar las lágrimas.

Ni siquiera el gesto de cariño fue capaz de consolarla. Algo muy profundo se había abierto en el fondo de su corazón, como un bote de aromas que estaba cerrado herméticamente y que de pronto desplegaba toda su fragancia. Lloraba con tanto desconsuelo que empezó a pensar que no podría parar nunca. A su llanto se unió el desconcierto de él, que la miraba con el interrogante puesto en la mirada, intentando descubrir qué había pasado un instante antes que pudiera haber provocado aquel cambio de humor

- ¿Es algo que he dicho? ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

Sola, completamente sola con su pena, se armó de valor para contestarle qué pasaba exactamente por su cabeza, aunque se moría de la vergüenza de contarlo, sobre todo porque no había ningún motivo para pensar lo que estaba pensando.

- Lloro porque no quiero que te vayas.
- ¿Y quién te  ha dicho que voy a irme?
- Yo
- Claro, como tú siempre lo sabes todo....
- Idiota
- Venga, no seas boba, no me voy a ir, estoy muy bien contigo.
- Yo sé que te irás, no hoy ni mañana, ni este año ni el otro, pero un día te irás y yo me quedaré sola. Y no quiero que te vayas.

Se dió cuenta de que aquel era el mayor acto de amor que podía hacer: tan altiva y dura como era siempre, acababa de mostrar toda su vulnerabilidad precisamente a la persona que más daño podía hacerle. Acababa de ponerle el corazón en las manos, pero quizá él no fue consciente de ello. Quizá por eso, la miró sonriendo, medio orgulloso medio divertido, y la besó con cierta condescendencial. Ella se fue serenando y la canción se acabó. A lo lejos, la ciudad oscurecía definitivamente. Desde ese momento supo que nunca olvidaría aquella tarde ni aquella canción.



1 comentario:

  1. Muchos años después conoció un músico que le volvió el corazón del revés. La primera canción que le tocó con la guitarra fue precisamente esta. Con las primeras notas arañando las cuerdas ella notó que se rompía un poco por dentro. Fue incapaz de cantar una sola nota junto a su guitarra mientras él insistía para que le acompañara. Al rato se levantó, buscó en el armario una bolsa de ropa con la partitura de la canción de su vida escrita y se la regaló. "ya no es mía, te la regalo; es tuya". Él dejó el medio cigarrillo en el cenicero mientras le besaba la mejilla. Nunca descubrió que en el camino hacia el armario se había enjugado las lágrimas.

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