lunes, 24 de julio de 2017

Maldito prefrontal

Desde un punto de vista darwiniano, los humanos somos una especie evolucionadísima. Nuestro cerebro está tan expandido que tiene que circunvolucionarse (replegarse sobre sí mismo) para ocupar menos espacio y generar el mayor número de conexiones sinápticas por milímetro cuadrado que le sea posible.Pero (y todo tiene un "pero" en esta vida) es que un cerebro tan evolucionado tiene un precio muy alto a nivel de espontaneidad. Por el hecho de ser animales que razonan a veces nos pasamos de raciocinio y nuestro pre-frontal (la parte donde nuestra materia gris ya rebosa tanto que se sale por encima de los ojos dándonos frente) se encarga de decirnos lo que está bien y lo que está mal en sociedad. Eso, que parece (y seguramente es) tan adaptativo, a menudo nos juega malas pasadas, nos pone trampas; nos impide manifestar la parte más auténtica de nuestras emociones, nos "uniformiza" para crear robots aletargados que no se rebelan contra lo que no les gusta, que no sienten para que no les duela

Cuando nos emborrachamos, por poner un ejemplo muy habitual, nuestro córtex más evolucionado se inhibe, y deja paso a esa dulce sensación que los tímidos tan bien conocemos y es la posibilidad de hacer lo que nos venga en gana sin pre-juzgarnos, sin importarnos una mierda lo que los demás puedan estar pensando de nosotros y de la situación. Claro, durante la resaca, nuestro córtex adormecido vuelve a ocupar su puesto de vigía de occidente y nos recrimina lo mucho o poco que hicimos bajo los efectos del alcohol. Si la cosa fue bien durante la embriaguez, uno hace una especie de valoración de daños, pone el dedo corazón hacia arriba mientras baja el resto de los dedos y le hace una "peineta" al pre-frontal de la medida de un campo de rugby. Si no es el caso, si la valoración no es positiva, el córtex se encarga de recordarnos los momentos más escabrosos de la borrachera para impedir que volvamos a caer en la misma situación cuando tengamos un chupito de "jagermaster" delante.


A veces valoro la manera de comportarse de la gente que no está tan ligada como yo a su pre-frontal y me dan una envidia tremenda: son mucho más espontáneos, no sufren ni la mitad y se llevan muchos más "síes" de la vida, sobre todo porque yo soy la primera que, antes que me los de la vida, me da un montón de "noes". No soy, ni de lejos, la mitad de feliz que los "sin pre-frontal" (dentro de un límite, claro) que conozco, y eso me lleva a pensar que la vida es más fácil si no la pensamos tanto.

¿Qué pasaría si tuviera menos conexiones sinápticas en el pre-frontal ahora mismo? Seguramente que en lugar de estar elucubrando sobre lo humano y lo divino hubiera escrito al hombre que amo con locura para decirle que me apetece verle y que venga a pasar la noche conmigo. Pero mi maldito pre-forntal todavía no ha entendido que tiene que estar empapado en alcohol para que yo haga lo que me apetece y que lo que me apetece no es necesariamente malo; tampoco ha aprendido que si el hombre que amo con locura me dice que no quiere/puede venir (por la razón que sea) mi ego no tiene porque sentirse herido.

Así que voy a ver si me tomo otra copa antes de conseguir que se duerma como un bebé mientras me deja divertirme. ¡Qué castigo, la inteligencia!


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